11 de noviembre de 2014

Luz

Aún sigo confiando en sueños que sé que jamás se harán realidad. ¿Ilusa? Para nada. Cobarde. Temblorosa de saber que la única luz que alumbraba mi camino ha dejado de brillar con tanta intensidad. Y ya no me importa chocarme o caerme sobre el barro, pues por la poca luz jamás se verán las manchas. Llegará un momento en el que se apague. El aceite que mantiene encendido el débil farolillo del que aún me ayudo para seguir adelante se va gastando cada día. No sé cuando llegará ese momento. Pero cuando llegue, sabré que todo está perdido. Será un billete en blanco a cualquier lugar oscuro, del que sin esa luz, la única que verdaderamente brillaba que había encontrado en mi vida, no podré salir. Entonces solo me quedará un sueño: que vuelva la luz. Pero no lo hará. Lo sé, porque en ese momento habrá dos luces brillando al unísono, dando más luz que ninguna otra y un calor reconfortante como el de una chimenea en un refugio de montaña. Un calor idílico, de película, de una de esas escenas en las que la protagonista, de noche, se sienta cerca del fuego con una taza caliente entre las manos, dejándose seducir por la cálida sensación de la felicidad más absoluta. Mientras tanto, fuera, tras las ventanas, el frío cae del cielo y tiñe el suelo de un puro tono blanco. Un frío que hiela el alma. El frío de los que no tenemos una luz que nos caliente el alma.

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